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Los últimos pájaros

Los Últimos Pájaros

Sait Faik

 

Cuando el invierno pone en acción todos sus vientos del norte para establecerse sobre la isla, el verano todavía permanece en la otra parte, sentado como una emigrante un poco triste que todavía no ha liado sus bártulos. Puedo deciros -y no lo hago para cantar mis propias alabanzas- que nadie ama más que yo a esa joven emigrante de bellos rasgos que espera con el pasaporte en la mano y unas cuantas monedas de oro en el bolso, vacilando entre irse y no irse.

En días como ese, cuando todo el mundo comienza a prepararse para los seis o siete meses de frio que se avecinan, yo –por pereza, o por esa costumbre mía de correr detrás de todo lo que huye- me pongo a perseguir a la joven emigrante, para abrazarla en cuanto pueda alcanzarla. A veces permanece inmóvil a la sombra de un pino, bajo un cielo sin sol, y a veces se muestra con todo su esplendor sobre el césped, junto a los matorrales, como si acabara de nacer.

A este lado de la isla, sin casas, donde el verano, con todo ese equipaje suyo de bultos, jirones y líos, demora su partida, lo único que hay es un solitario café al aire libre.

En ese cafetín, situado apenas diez metros por encima de una caleta, tan minúsculo como la terraza de un piso, todavía se pasean las hormigas sobre las mesas de madera, y las moscas aún se posan sobre los bordes de la tacita de café vacía. El silencio tan sólo es interrumpido de vez en cuando por el paso de algún avión. Según escribía estas líneas me han venido a la mente sus pasajeros, que dentro de poco llegarán al aeropuerto de Yesilköy. Antes también pasaban aviones, pero nunca se me había ocurrido pensar en los pasajeros que estaban a punto de bajar del avión en Yesilköy. Seguramente ya habrán bajado cuando termine de escribir estas líneas.

El dueño es un tipo antipático, tiene el aspecto intratable de un funcionario del Estado. Probablemente no regentaría este café de no ser por su delicada salud y porque los médicos le aconsejaron descanso. En cambio, yo, si no he llegado a ser cafetero, es porque nunca he conseguido un buen café para regentar. Un café al aire libre, o, todavía mejor, el café de un pueblo, con tan sólo unos cuantos parroquianos… ¡qué bonito sería! ¿Qué mejor sitio para dejar transcurrir una vida de cincuenta o sesenta años?

Esa ropa blanca tendida entre dos árboles no va a terminar nunca de secarse con este aire templado y húmedo, como detenido, sin sol. Y ese gato sentado sobre la mesa de madera, ¿cuándo dejará de gruñir a mi perro? Y los calcetines agujereados de color rojo cereza sobre la silla… Las hojas de la parra todavía están verdes. La de nuestro jardín ya se marchitó.

Se va el mar, vagabundeando, hacia la punta de Bozburn. ¿Qué parte de Estambul es la que se divisa a lo lejos? ¿Por qué no me llegan sus sonidos?

Se oye pasar otro avión. Nuestra isla debe estar en la ruta de los aviones, pues siempre pasan sobre mí o hacia mi izquierda. Se ha callado el gato. Mi perro ha cerrado los ojos. Se escucha un graznido de cuervos. Antes, en esta época del año, los pájaros solían visitar nuestra isla, piando y cantando sin cesar. Llegaban en bandadas, posándose sobre los árboles.

Hace dos años que ya no vienen.

O tal vez vienen y yo no me doy cuenta de su llegada.

Hacia el otoño me atravesaba el corazón la visión de hombres, mujeres y niños, con jaulas en las manos, que ascendían en dirección de la única colina de la isla.

Los adultos llevaban unas varitas extrañas, untadas con una materia viscosa de color caca.

Al llegar al borde de un claro, dejaban la jaula con el cimbel debajo de un arbolito y ataban las ligas a la rama del árbol. Una bandada de pájaros libres dirigía entonces su vuelo hacia el amistoso canto del cimbel dentro de la jaula. Y todos esos tíos, mujeres y niños esperaban agazapados debajo de otro árbol, y, luego, se acercaban lentamente hasta el árbol lleno de pájaros. Cuatro o cinco conseguían evitar las ligas y echarse a volar, sólo por aquella vez, hasta caer en una nueva trampa, mientras la gente atrapaba a los otros pajarillos, cada uno de los cuales es una obra maestra hecha con nada más que un pedacito de carne. Entonces los degollaban en el acto con sus propios dientes y se ponían a desplumarlos cuando todavía estaban calientes.

Uno de los cazadores solía recabar la ayuda de los niños para esa tarea. Él Mismo preparaba las ligas desde la noche del sábado… Ese tipo, un hombrecillo llamado Konstantin, era comerciante de cereales y tenía un despacho en Gálata. Había que verlo -con sus muñecas gruesas y peludas, su ancho pecho, las ventanas de la nariz, plagadas de puntitos negros, que se le abrían y cerraban rítmicamente, el cabello espeso, como si hubiese brotado rompiendo la piel de la cabeza- caminando a pasos cortos con una velada sonrisa en la boca…

Si hubieseis visto cómo arrancaba el cuello a los pajarillos, mordiéndolos con sus propios dientes, cuyas coronas cromadas parecían relucir de satisfacción al pensar en el plato de arroz que iba a preparar con las carnes minúsculas de esos herrerillos de color pardo amarillento…

Sin embargo, era un tipo callado y modesto, que no se vanagloriaba de sus riquezas… Sus vecinos lo estimaban, pues no era amigo de chismes ni tampoco se metía donde no lo llamaban. Si lo hubierais visto corriendo por la mañana a pasos cortos para ir a su trabajo, o bien cuando volvía por la tarde en el barco, con la bolsa de la compra, no habríais pensado mal de él, a pesar de su corpulencia y torpeza, de su forma de hablar con acento de Karaman, de sus opiniones, simples, pero repletas de sentido común, y de sus bromas, ingenuas pero bienintencionadas, cuando había tomado un par de copas. Era, en suma, uno de tantos otros que llevan una vida acomodada, tranquila y sin excesos.

Pero en otoño, de repente, volvía a convertirse en un monstruo. Tomaba asiento en la popa del barco de las 5,35 de la tarde y miraba el mar con ojos tiernos. Desde finales de septiembre no cesaba de contemplar el cielo de manera poética, hasta que un buen día veríais resplandecerle la cara y los ojos. A lo lejos, por encima del azul turquesa del mar habrían hecho aparición unas gotitas oscuras, unas manchitas pardas que se moverían hacia derecha e izquierda antes de tomar su rumbo.

Konstantin Efendi podía distinguirlas en la lejanía. Entonces, entornaría los ojos, y, al ver los puntitos oscuros alejarse hacia las islas, miraría en torno a ver si había alguien conocido y, guiñándole el ojo, le diría señalando al cielo:

-   ¡Ya ha llegado el aderezo para el arroz!

Cuando los pájaros pasaban cerca del barco, los llamaba imitando su canto con sus dientes y sus gruesos labios. Recuerdo haber visto a los pájaros dejarse engañar por esa falsa llamada de amistad, venir a dar una vuelta alrededor del barco y, luego, alejarse.

De repente, el tiempo cambiaba, sucediéndose los vientos del norte y del sur, hasta que un día, a finales del otoño, uno de esos días dulces y templados, en los que no sopla un pelo de viento y el cielo permanece festoneado de nubes inmóviles, conseguía no sé de dónde el cimbel de la jaula, avisaba a los niños del barrio y se ponía a recoger del cielo, uno a uno, jilgueros, herrerillos y verderones, mezclados con unos cuantos gorriones, miles de los cuales no daban siquiera un cuarto de kilo de carne.

Hace años que ya no vienen los pájaros; o, mejor dicho, yo no los veo. En cuanto desde mi ventana presiento la llegada de esos hermosos días otoñales, encamino mis pasos hacia las laderas donde calculo que puede encontrarse Konstantin Efendi. Si oigo el canto de un pájaro, se me hiela la sangre en las venas y mi corazón se queda en suspenso. El otoño, sin embargo, con sus madroños, sus nubes morenas blanquecinas, su sol que no quema, su azul en calma, su verdor abundante y sus pájaros, nos hace pensar en la paz, la poesía, el poeta, la literatura, la pintura, la música, un mundo, en fin, en donde ya no existan el hambre ni la envidia, un mundo rebosante de personas felices que se comprenden y se aman. En cualquier país, los que salen al campo no tienen más remedio que pensar en tales cosas al escuchar el canto de los pájaros. Pero Konstantin Efendi nos lo impide. Además, los pájaros han dejado de venir. Tal vez, dentro de unos años su especie se haya extinguido. ¿Quién sabe cuántos Konstantin Efendi hay en cada país? Después de los pájaros comenzarán a atacar también la vegetación.

El otro día, había salido a pasear, guardándome bien de no pisar el césped que crecía a ambos lados del camino. Era uno de esos días de Konstantin Efendi. No se veía un solo pájaro en el cielo. Al salir había colgado la jaula de mi herrerillo de un clavo que hay en la pared de mi casa y le había puesto un higo. El pajarillo me había mirado amistosamente con un ojo y se había puesto a picotear las semillas del higo. No había ningún pájaro en el cielo, pero ambos lados del camino estaban cubiertos de verde… De repente, me di cuenta de que en algunas partes el césped estaba arrancado. Un poco más adelante, me topé con cuatro niños. Iban andando, se paraban donde el césped tenía mejor aspecto y con la ayuda de una zapa arrancaban un trozo del tamaño de una losa y lo metían en un saco.

-   ¡Eh! ¿Qué es lo que están haciendo? –les pregunté.

-   A ti qué te importa –me respondieron

Eran niños pobres, en andrajos.

-   Pero, ¿por qué están arrancando eso, niños?

-   Nos lo ha dicho el ingeniero Ahmet Bey.

-   ¿Y para qué lo quiere?

-   ¿Conoces al holandés que vive allí arriba, el que vende pieles? Son para arreglar su jardín…

-   Que compre césped inglés para sembrar, puesto que es tan rico…

-   El césped inglés no vale nada al lado de éste

-   ¿Os parece que éste es mejor?

-   Pues claro, no hay otro mejor. Eso es lo que dice el holandés.

Bajé corriendo a avisar a la policía. Espero que lo hayan prohibido. No obstante siguieron arrancando el césped a escondidas. Ni siquiera le pusieron una multa al ingeniero Ahmet Bey. Parece ser que las normas municipales no tienen previsto multar a los que arrancan el césped a los lados de los caminos.

Primero estrangulan los pájaros; luego, arrancan el césped y dejan los caminos cubiertos de barro.

El mundo está cambiando, amigos míos. Llegará un día en que ya no veréis llegar las manchitas pardas en medio de un cielo otoñal, ni tampoco el cabello verde oscuro de nuestra madre tierra al borde del camino. Eso será una pena, niños, no para nosotros, sino para vosotros. Nosotros, al fin y al cabo, hemos conocido los pájaros y la vegetación. Pero será una calamidad para vosotros, niños. Os lo advierto

 

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