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(La atracción terrestre en mi pueblo es mayor que en el resto del mundo).

Bernardo Sovalé "El Ultimo de los Hidalgos"

 

Yo conocí a Bernardo cuando era niño y adolescente, el era viejo pero bien conservado, muy popular en el pueblo por ser un personaje único en su especie y tener la valentía y la osadía de renegar del estatus social allá por los años cuarenta, época de represión, de hambre y de muerte en uno de los momentos mas duros del franquismo.

Nace en Arcos este insigne bohemio pionero del movimiento "hippie", que a pesar de su condición llevaba consigo un áurea de respeto tal que nadie, ni niños ni mayores, se burlaban de él en ningún momento u ocasión, ya que Bernardo tenía una educación exquisita, un trato amable y una inteligencia sorprendente.
Bernardo vivió en la calle corredera encima del barranco de San Miguel, en compañía de sus padres. Pasó su infancia leyendo, estudiando y paseando, muy trajeado con el periódico debajo del brazo y mostrándose indiferente a la sociedad, que le envidiaba por ser un personaje muy intelectual y acomodado gracias a la posición militar de alto grado que tenía su padre.
Años antes de hacer la mili sus perseguidores, que no serían pocos, murmuraban: "deja que vaya a la mili Bernardo, ¡se va a enterar!". Pero Bernardo cuando llegó al cuartel que le asignaron ya había estudiado el código y ley militar, y siendo hijo de altos mandos no debía hacer trabajos deshonestos ni contrarios a la formación académica encomendada, dándosele el caso de entregarle una fregona y reusar.
Murieron sus padres y el siguió viviendo a estilo señorito mientras le duró los caudales, cuando éstos se acabaron se metió en el Banco Hispano a trabajar y le cogió una tirria el director increíble por su conocimiento en esta labor tanto que fue expulsado.
Con igual suerte le sucedió en distintos sitios a los que se entregó laboralmente, tanto que se tuvo que ir de peón de albañil a la obra de las casas baratas en la que se cuenta que cuando él sacaba agua del pozo con una carrucha y daba la hora del bocadillo y el cubo estaba arriba, lo soltaba en cuanto sonaba la campana.
Años después este ilustre personaje se fue a vivir a una cueva debajo del castillo y enterados sus amigos médicos hermanos Benott, que paseaban con el de jóvenes, que Bernardo pasaba frío y utilizaba debajo de la ropa papeles de periódicos, mandaron a su sirvienta a que cogiera un par de trajes de chaqueta del ropero y los llevara a su amigo Bernardo. Éste mandó de vuelta a la criada diciéndole:" Dígale a Don Rafael y a Don Eduardo Benot que yo cuando necesite su ropa se la pediré personalmente".
Enterada la señora Marquesa de Tamarón de que no tenia agua, mandó llevar una tubería hasta la cueva a la que Bernardo se opuso radicalmente porque a él le bastaba con un cántaro de barro que tenía.


Dicen que era un genio jugando al billar de carambolas. Tanto que en la famosa cueva de Ramírez se celebraba una competición semanalmente que ganaba Bernardo todas las semanas. Le daban unas pesetas y un plato de pescado frito; pero el teniente de la guardia civil que era aficionado y perdía todas las semanas, se hizo la idea de que Bernardo vivía de eso y le amenazó con aplicarle la Ley de Vagos y Maleantes con lo que nadie volvió a verle jugar.
Ya en los últimos tiempos se dedicaba a arreglar papeles de becas o de cualquier índole sentado en una mesa en el bar del padre del Castro o en el de Monroy en el barrio, y aseguran que era el único capaz de que le aceptaran sus escritos hasta dirigidos a el Rey.
Un buen día le pidió a Hueso, recepcionista del parador, una boinilla vieja que tuviera para quitarse el frío de la cabeza, al día siguiente Hueso deseoso de ver a Bernardo le llamó: "Mire usted Bernardo, aquí la tiene". Este personaje la cogió, se la puso en la cabeza y le dijo: "Hueso vas a tener el honor de que yo, Bernardo Sovalé, lleve puesta en mi cabeza una boina vuestra". Bueno Hueso, cuando se fue, se puso enfurecido.
Las últimas veces que le vi iba enchaquetado que parecía un difunto recién salido del ataúd; su traje lleno de polvo y de una antigüedad sorprendente, acompañado de una costra de mierda sólida en su cabeza y un olor apabullante que en cualquier tienda que entrara, echaban ambientador obligatoriamente.


Murió en el asilo de la caridad, en el cual hasta su última hora llevo la administración del convento, y se negó anteriormente a abandonar su cueva en varias ocasiones alegando su condición de ciudadano libre.
Mi más sincero homenaje a la memoria de tan nobilísimo e ilustre paisano, hoy en el recuerdo.

Manolo Caro

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