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Radio Celeste, por Pedro Perez Linero

Radio Celeste, por Pedro Perez Linero

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA

 

Hace tiempo recibí un correo electrónico que trataba sobre la niñez, sobre esa infancia en cuyo recuerdo tanto nos agrada recrearnos de vez en cuando. Era, por tanto, un texto simpático y lleno de ternura. Daba a entender que éramos felices durante la infancia y que, por lo tanto, ahora que somos adultos deberíamos aprender de ese niño que fuimos para así lograr ser un poco más felices en el presente. Ya saben, la típica reflexión sobre sacar el niño que llevamos dentro y todo eso, cierta a mi entender hasta cierto punto pero que, en ese correo, no sé bien por qué, se me antojó un tanto superficial. Quizás fuera porque me pareció muy edulcorada –por lo general, estos dulces de Internet me empalagan bastante- o porque comprobé una vez más que las personas no recordamos las cosas tal como fueron realmente, sino que las recordamos como nos da la gana.

El caso es que me pregunté: ¿Nadie recuerda ya, por citar sólo un par de ejemplos, al matón que nos hacía la vida imposible en el colegio o al monstruo que habitaba debajo de la cama? En más de una ocasión me he planteado –así, por no pensar en cosas más serias- que los niños no deberían tener patas en sus camas, que éstas tendrían que situarse a ras de suelo para así desterrar al dichoso monstruo. Por esa misma regla de tres también se me ocurre que tendríamos que suprimir los interminables pasillos que conducen al cuarto de baño y rogad a los payasos de porcelana que dejen de dar tan mal rollo, que no se les ocurra guiñar un ojo en plena noche o girar la cabeza mientras el pobre crío intenta inútilmente conciliar el sueño.

En fin, lo único que pretendo decir es que la infancia, además de su lado entrañable -que, por supuesto, no voy a negar-,  también posee sus preocupaciones, sus demonios, y que los niños, además de jugar y pasárselo pipa poniéndose de barro hasta las orejas, también lo pasan mal. Pensemos, por ejemplo, cuántos casos hay en los que la infelicidad de un adulto tiene su raíz precisamente en la niñez.

Creo, humildemente, que cada edad nos brinda su propio tesoro, y que en nosotros reside la capacidad para sacarle provecho. Por supuesto, siempre habrá experiencias buenas y malas, experiencias maravillosas y experiencias terribles, pero es que si no fuese así no estaríamos hablando de la vida.

Quizás para mí sea fácil decir todo esto porque apenas tengo treinta y dos años y porque considero que hasta la fecha no me ha ido mal del todo.

Habría que ver, claro está, si pienso igual pasados unos años.

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4 comentarios

Pedrin -

Sabes por que nunca viste al monstruo del pasillo? Porque se acojonaba al verte correr. "En ocasiones veo ninyos", decia.

erpereh -

¡Cobardicas! Yo cuando cerraba la puerta de mi casa, recorría los 13 metros de pasillo y subía los 15 escalones hasta el portón de arriba corriendo que me las pelaba ¡sólo por hacer ejercicio! no porque creyera que me perseguía algo (je, je)

Ana Mari -

Ojú, yo sigo sin poder dormir con un pie fuera de la cama...

Pedrin -

Esta semana he colgado el articulo con un par de dias de antelacion porque el domingo no tendre acceso a Internet.
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